martes, 27 de diciembre de 2011

LA DAMA DEL ALBA (fragmento)

Abuelo: Mírame a los ojos y atrévete a decir que no me conoces. ¿Recuerdas el día que explotó el grisú en la mina? También yo estaba allí, con el derrumbe sobre el pecho y el humo agrio en la garganta. Creíste que había llegado mi hora y te acercaste demasiado. ¡Cuando, al fin, entró el aire limpio, ya había visto tu cara pálida y había sentido tus manos de hielo! Peregrina (Serenamente.): Lo esperaba. Los que me han visto una vez no me olvidan nunca… Abuelo: ¿A qué aguardas ahora?, ¿Quiéres que grite tu nombre por el pueblo para que te persigan los mastines y las piedras? Peregrina: No lo harás. Sería inútil. Abuelo: Creíste que podías engañarme, ¿eh? Soy ya muy viejo, y he pensado mucho en ti. Peregrina: No seas orgulloso, abuelo. El perro no piensa y me conoció antes que tú. (Se oye una campanada en el reloj. La Peregrina lo mira sobresaltada.) ¿Qué hora da ese reloj? Abuelo: Las nueve y media. Peregrina (desesperada.): ¿ Por qué no me despertaron a tiempo? ¿Quién me ligó con dulces hilos que no había sentido nunca? (Vencida.) Lo estaba temiendo y no pude evitarlo. Ahora ya es tarde. Abuelo: Bendito el sueño que te ató los ojos y las manos. Peregrina: Tus nietos tuvieron la culpa. Me contagiaron su vida un momento, y hasta me hicieron soñar que tenía un corazón caliente. Sólo un niño podía realizar tal milagro. Abuelo: Mal pensabas pagar el amor con que te recibieron. ¡Y pensar que han estado jugando contigo! Peregrina: Bah!, Los niños juegan tantas veces con la muerte sin saberlo. Abuelo: ¿A quién venías a buscar? (Poniéndose ante la escalera.) Si es a ellos tendrás que pasar por encima de mí. Peregrina: ¡Quién piensa en tus nietos, tan débiles aún! ¡Era un torrente de vida lo que me esperaba esta noche!

1 comentario:

  1. A QUE SE REFIERE EL ABUELO CON: MÍRAME A LOS OJOS Y ATRÉVETE A DECIR QUE NO ME CONOCES. ¿RECUERDAS EL DÍA QUE EXPLOTÓ EL GRISÚ EN LA MINA? TAMBIÉN YO ESTABA ALLÍ, CON EL DERRUMBE SOBRE EL PECHO Y EL HUMO AGRIO EN LA GARGANTA. CREÍSTE QUE HABÍA LLEGADO MI HORA Y TE ACERCASTE DEMASIADO. ¡CUANDO, AL FIN, ENTRÓ, EL AIRE LIMPIO, YA HABÍA VISTO TU CARA PÁLIDA Y HABÍA SENTIDO TUS MANOS DE HIELO!

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